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El 10 que se viene

Nacido en La Paternal, se perfila como el sucesor de Ortega, Gallardo y Aimar. Cuando entró en el Juvenil hubo gambetas y lujos.

Andrés no siempre fue el talentoso pibe D'Alessandro, ese que hoy es mirado y admirado. Detrás de este muchacho de La Paternal, ese barrio que —jura— no cambiaría por ningún otro, hay historias, ilusiones transformadas en realidad por la magia de sus gambetas, sueños que merecen conocerse. Andrés D'Alessandro es el heredero de una tradición que parece no permitir interrupciones. La historia reciente cuenta de Ortega, de Gallardo, de Aimar... El exclusivo club de los 10 de River y la Selección ya tiene, al menos en su proyección, un continuador: con talento propio del linaje de sus antecesores, llega él. Sí, el mismo que se pasó buena parte de la niñez en esa plaza cercana a Juan B. Justo y San Martín dejando amigos más grandes por el camino, con algún caño, con amagues... Allí también aprendió que la habilidad tenía precio: "La de patadas que me llevé de recuerdo a mi casa...". Cuentan quienes lo conocen de los tiempos del colegio Hipólito Vieytes, en Gaona al 1500, que más de una vez se ligó alguna trompada por esas gambetas que parecían canchereadas. Nada le hizo cambiar su esencia lúdica: la impresión que genera es que lo único que le importa a este volante de 20 años recién cumplidos es disfrutar, gozar dentro del campo de juego.

¿Quiénes son tus referentes?

La respuesta llega naturalmente, previsible, casi como una obviedad: Ortega, Gallardo, Aimar...

¿Sentís que ahora sos el heredero de Aimar, que te llegó la hora?

No sé... No creo, cada uno tiene su estilo. Además, yo todavía tengo que demostrar mucho y Aimar ya está en Europa. En la charla con Clarín, en el campo de entrenamiento de Ezeiza, D'Alessandro se muestra cordial, predispuesto, proclive al diálogo, pero esquivo a las definiciones terminantes y a las comparaciones: "Yo tengo mi propio estilo".

¿Y cuál es ese estilo?

Me encanta gambetear. El pibe que alguna vez repartió pizza para ayudar a su papá Eduardo (alguna vez jugador de la reserva de Almagro) y a su mamá Estela es ahora cotizado en millones (el club no aceptó una oferta de 5.000.000). Lo quiso el West Ham, lo miró el Parma, se habló de un interés del Newcastle United...

"Tengo que mantener los pies sobre la tierra. No me olvido de dónde vengo, de mis orígenes", dice y recuerda los días en los que el viejo "se rompía el lomo en un taxi para llevar plata a casa". Después del primer contrato de Andrés, llegó un poco de tranquilidad económica a esa familia que suele disfrutar de las pastas de la abuela Beatriz y que acostumbra padecer las travesuras de la perra Cuqui. Quizá por esa cuestión de familia es que el sueño de jugar en Europa pueda esperar: "por ahora, yo prefiero quedarme acá, consolidarme, jugar en Primera. Pero todo eso no depende de mí". Todavía jugaba al baby fútbol en Estrella de Maldonado y Guillermo Rodríguez (hombre de las inferiores de River) lo llevó a una prueba para incorporarse a infantiles. Jugó un rato en la cancha auxiliar, en Núñez, gambeteó todo lo se le cruzó en el camino y enseguida sus piernas flaquitas pasaron a ser patrimonio de River. Se hizo amigo de Oscar Bazán, de Leandro Damiani, de Patricio Ricori. Se sorprendió con la experiencia de Jorge Gordillo "El técnico que más me enseñó" y sintió el encanto de cada convocatoria a los seleccionados juveniles.

Y a la mayor: Marcelo Bielsa lo citó para la gira por España. Aquel día cuando lo llamó Eduardo Urtasún (preparador físico de los juveniles) para comunicarle la novedad, su madre le dijo "seguro que te están cargando". Pero era verdad. Tuvo que salir corriendo de su casa para pedir un permiso para viajar por ser menor de 21 años. De esos días cuenta: "Fue increíble lo que me sirvió como experiencia. Con Bielsa hablé poco, pero aprendí muchísimo". Este chico que señala que "nunca jugaría en Boca" también anduvo dando vueltas por Inglaterra entre ofertas en millones y conflictos por patria potestad. Pero volvió con recuerdos gratos: "Me dí el lujo de conocer una ciudad bárbara como Londres. Y en una semana aprendí como en un año. Otra cultura, otra gente, otro fútbol...". Y sobre todo, otro idioma: durante el secundario la materia que siempre se llevaba era inglés. "Me ponía a estudiar, pero no había caso", explica. El ahora de D'Alessandro es el Sub 20, este equipo que lo seduce, que lo hace ilusionar. "Para un futbolista no hay nada más importante que jugar un Mundial. Por eso, quiero aprovechar con todo esta posibilidad", dice. Pero también es el River que se viene, el de Ramón Díaz.

¿Qué te parece la llegada de Ramón?

Muy bien. Yo ya lo conozco y me parece un muy buen técnico. Díaz fue el entrenador que lo hizo debutar, el que lo llevó a la primera pretemporada, el que dijo que "a este pibe sólo hay que pedirle que juegue".

¿Arrancás con ventaja?

No creo. Pero es cierto que él ya me conoce, sabe cómo juego.

¿Vos sos el próximo diez?

Ojalá.

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Recibido de Crack

Pese a que sólo fue titular en tres partidos, en el Mundial Sub 20 recibió el Balón de Plata como el segundo mejor jugador del torneo. "Juego para darle alegría a la gente", dice.

Pasaba en cada día de su niñez: se escapaba de su casa para ir a patear al club La Paternal. En el trayecto, invitaba a los vecinitos que encontraba y todos le decían que sí, todos lo seguían para jugar con él... Pasaba, en definitiva, casi lo mismo que pasó en cada aventura juvenil del Mundial, donde se acercaba a sus compañeros con la pelota y también todos le decían que sí, todos jugaban con él porque era el que mejor jugaba. Por algo Andrés D'Alessandro se ganó el balón de plata, detrás de Javier Saviola, a pesar de que fue titular sólo en tres partidos y que apenas redondeó dos encuentros completos. No hacía falta más tiempo para certificar que el rótulo de nuevo crack no le cae nada mal. Por asistencias dulces. Por goles de tres dedos, como el que le hizo a Finlandia, o desde afuera del área, como ante Paraguay. Por esa pisada tan suya: la muestra y la esconde, y escapa del marcador, siempre escapa. Por esos caños para saborear como si fuesen el manjar más preciado. Por esa gambeta profunda.

—¿Sos conciente de que generás alegría en los hinchas?

Yo juego para eso, juego para darle alegría a la gente. Es lindo ver a la hinchada contenta, feliz. Eso me hace bien.

—Se dice que jugadores como vos hay pocos. ¿Qué pensás cuando escuchás eso?

Que no es así. Hay muchos como yo y muchos que son mejores. Soy uno más y no me considero un jugador distinto.

El Cabezón no diría ni aunque lo sintiera cuál es su real proyección en el mundo del fútbol. Pero sí lo afirma don Domingo Apa, el hombre que lo tuvo en su arranque en River, un hombre que es muy amigo de la familia y que comparte el espacio de la intimidad.

Don Domingo jura: "Este chico va a ser una figura mundial. Además, yo hablo mucho con él...". Lo que el tiempo dirá está por verse. Lo que el tiempo ya dijo es que este chiquilín de 19 años más que amable nació para la pelota. Que vivía pegado a la redonda, motivo por el cual mamá Estela lo llevó a Racing de Villa del Parque, el primer club, el paso previo a Parque, a Jorge Newbery, a Estrella de Maldonado, a... Gabriel Rodríguez, su descubridor, el que quedará en la historia como quien lo mudó a River. Que las travesuras que grabó en la mente de sus padres están relacionadas también con el fútbol: dos cicatrices, una en una mano y otra en la pera. Que cumplió con el estudio, aunque debe tres materias del quinto año del secundario que cursó en el Instituto River Plate. El muchachito que aterrizó en el Mundial de última, por la lesión de Livio Prieto en la semana anterior al debut, tiene devoción por Maradona, pero a la vez por el uruguayo Rubén Paz. Alguna vez fue a probarse al West Ham inglés, donde fue calificado como el Nuevo Maradona, pero no pudo quedarse porque River pidió más de los 5.000.000 de dólares que había solicitado en un principio. Ya sabe además lo que es entrenar en la Selección Mayor, con Marcelo Bielsa. Sabe lo que es ser el 10 de la Primera de River, donde debutó con Ramón Díaz, justamente el técnico que lo espera con los brazos abiertos. Y sabe lo que es ser el 10 de un seleccionado campeón del mundo. Y... Y asegura que no le teme a la fama:

"Nunca me voy a marear. Eso lo tengo muy claro. Jamás voy a olvidar mis orígenes". Raíces humildes, de repartidor de pizzas, por ejemplo. Eran épocas en las que había que colaborar con papá, que casi no se bajaba del taxi. Ahora es otra historia.

—¿A qué le temés del profesionalismo?

Le tengo un poco de miedo al entorno, al periodismo, a los representantes, a todo lo que rodea al fútbol. Qué sé yo. A todo eso lo miro con respeto.

—¿Lográs divertirte en la cancha a pesar de todo lo que hay en juego?

—Sí, yo me divierto. Pudiendo gambetear soy feliz.

Se fue su amigo y compinche desde los infantiles de River. Y lo extraña. Se fue Javier Saviola. Pero él, Andrés D'Alessandro, se quedó. Hay fantasía asegurada.

Comenta la Madre:

"Andrés es un hijo bárbaro, adorable, nunca nos trajo disgustos. En la escuela andaba muy bien, pero su locura desde bien chiquito era la pelota". Mamá Estela Saturni (51) derrocha amor por el hijo famoso. Ella lo acercó al fútbol. "Como siempre lo veía pateando todo el tiempo, lo llevé a la sede de Racing en Villa del Parque. Ahí empezó a jugar en equipo. Desde ese momento lo acompañé cada vez que jugó en los clubes de barrio. Hasta que llegó a River", cuenta Estela en su hogar. La coronación en el Mundial Sub 20 fue el broche perfecto. "Desde que lo convocaron al Juvenil, no paramos de recibir sorpresas", relata la madre. "La primera emoción fue el debut contra Finlandia. Era el Día del Padre y mostró una remera con nuestra imagen y la leyenda ''Los quiero''. La mandó a hacer sin que supiéramos". Las alegrías continúan: "Terminó siendo titular, dio la vuelta olímpica y ganó el balón de Plata como el segundo jugador del campeonato. No lo podemos creer".

Comenta el Padre:

"No me metí mucho en los inicios de Andrés porque tenía que laburar y no lo podía llevar a jugar por falta de tiempo. Pero cuando por fin me dí el gusto de verlo en una cancha, me dí cuenta de que podía tener un buen futuro en el fútbol". Papá Eduardo Ricardo D''Alessandro (52) recuerda al nene que recién comenzaba a jugar con la redonda. Y relata: "No recuerdo una patada especial, pero siempre le pegaron mucho, porque además es muy chiquitito de cuerpo". Eduardo tiene antecedentes con la pelota: "Jugué al baby con Mostaza Merlo. Pero como era un poco vago, no llegué. En cambio, él fue perseverante y le fue bien". ¿Cómo jugaba? "Era número tres, pero no tenía nada que ver con Andrés. Yo tenía características muy distintas". Celebró con todo la emoción de ver a su hijo campeón: "Disfrutamos cada momento, lo vimos con la Copa en sus manos y encima después, cuando volvimos de Ezeiza, los vecinos y los amigos lo esperaron en casa para felicitarlo".

Nota publicada por Clarin

Javier Saviola y Andrés D'Alessandro en infantiles de River.

 

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